NOS-OTROS
JULIA CORIA
El barco en alta mar
Un cartel precioso, Bienvenido, Abue, hecho con una sábana de cama matrimonial por las nenas de María de los Ángeles, yo creo que con la ilusión, pobrecitas, de colgarlo en la calle, en el palier, y la despistada de mi hija que deja que se ilusionen, que no les dice que tendrían que hacer algo más chico, que en la calle no se puede poner nada porque en la calle está esa gente.
Lucrecia, la empleada, me ayudó a preparar el pato a la naranja que siempre fue la pasión de él, porque íbamos a ser tantos que yo sola no daría abasto. Como cerramos todas las ventanas para que no entrara ruido, el departamento entero se llenó del olor de la comida, y eso me trajo los recuerdos de la primera época, cuando Ignacio y yo nos conocimos y mi madre cocinaba el pato a la naranja especialmente para él, que cada vez se deshacía en halagos hacia ella.
Mi padre también apreció a Ignacio desde el comienzo. Siempre un paso adelante de todos, fue uno de los primeros en espantarse de las barbaridades del peronismo, y su aprobación al yerno militar era una manifestación pública acerca de lo que pensaba. Ignacio era por entonces poco más que un chico, pero papá lo llevaba a al frigorífico como para mostrarlo, como si aquel chiquilín de uniforme reluciente fuera en sí mismo una declaración de principios, una advertencia sobre qué podía hacerse o decirse y qué no.
María de los Ángeles hizo el postre con la receta de mi difunta suegra. Ese postre es la otra pasión de Ignacio: el flan diez huevos con dulce de leche y crema. Miles de veces intenté hacerlo yo misma, pero según él nunca logré nada parecido al original. En cambio María de los Ángeles tiene una mano especial para eso, mi marido dice que heredó lo mejor de la madre de él, y mi hija siempre le contesta que el verdadero secreto está en el amor que las dos le tenían. Lo dice a modo de chiste, para pelearme, pero yo le digo que más pruebas de amor que las que yo le di a Ignacio no se las dio nadie.
Aunque eso tampoco es verdad. María de los Ángeles, un tesoro, soportó casi las mismas cosas que yo, sólo que ella tuvo la ventaja de todo lo que no le dijimos. Por otra parte siempre la mandamos a buenos colegios, y ella misma siempre supo rodearse de la gente adecuada. De todas formas yo sólo me había sentido tranquila cuando se fue a estudiar a New York, donde conoció a Andrew, que ahora es su marido.
Los dos varones no son como ella: no hablan de amor, y ahora que lo pienso me pregunto si alguna vez los escuché decir esa palabra. Eso no significa que sean insensibles, pero claramente heredaron de Ignacio y de mi padre otra forma de enfrentar la vida, esa especie de solemnidad ante todo, y algo que no sabría bien cómo llamar pero quizás podría ser desconfianza.
Más allá de los intentos de su padre, ninguno de los dos siguió la carrera militar. Nacho es ingeniero agrónomo y vive en la antigua casa de mis padres en Ayacucho; Julián es odontólogo, y se quedó a vivir en Madrid, adonde fue a hacer un posgrado.
Los varones no nos dieron nietos todavía, por lo que las chiquitas de María de los Ángeles se llevan toda la atención. La más grande era la única que había llegado a conocer al abuelo, pero las otras dos ayudaron con el cartel con igual ternura. Eso es mérito de mi hija, que siempre les habló de nosotros y que tuvo el cuidado de no decirles nada acerca esas cosas horribles que se dicen de él.
Las veces en que ellas vinieron de New York, y las pocas en las que yo las visité, les di regalos de parte del abuelito y les dije que él habría querido verlas pero que estaba trabajando en un barco en alta mar. A los míos también les decía eso, y yo creo que al día de hoy todavía piensan que era así. A mí no me gusta mentir, pero esa no era una mentira: por mucho que le pregunté, Ignacio jamás me dio explicaciones cuando se iba por las noches o no regresaba en varios días, y además fue lo único que se me ocurrió para contestarles a los chicos. Lo del barco fue, como se dice, una mentira piadosa.
Algo parecido pasó con las nenas. Yo no hubiera tenido corazón para decirles la verdad, en parte por ellas pero también por Ignacio, porque quizás las nenas se hubieran hecho una fea imagen de él; y por otra parte María de los Ángeles me lo tenía prohibido. Incluso Andrew se enteró cuando ya no quedó más remedio, cuando él y mi hija estaban por venir por primera vez a la Argentina y el nombre de mi marido –horrible casualidad, como si esa gente lo hiciera a propósito- volvió a aparecer en los diarios.
Primero pensamos en instalarnos en la casa de Ayacucho durante toda la estadía de él, pero Nacho nos advirtió que incluso en nuestro pueblo había tenido algún que otro roce.
compartían en New York. En esos días hablamos mucho por teléfono y fue la primera vez que la escuché contrariada con su padre. No sé si hubiese sido así, pero yo creo que, de haberlo tenido cerca, tal vez le habría hecho algún reproche. Me dijo que quería hablar con él, pero yo logré persuadirla de que el pobre no estaba en condiciones de soportar que ella también le diese la espalda. Hice bien en calmarla, porque un impulso así hubiera podido arruinar la relación hermosa que ellos tuvieron siempre. A mí me pareció que no era que ella en verdad lo juzgara mal, sino que sólo estaba triste por el gesto de Andrew.
Para cuando él volvió mi hija había aclarado sus ideas y, según me contó, le dijo a él que ella no tenía nada de qué avergonzarse. De todas formas luego, cuando lo conocí, a mí me quedó la sensación de que él conservaba algo de aquéllos resquemores, porque cuando yo le hablaba de Ignacio a las nenas él se apartaba de nosotras.
Y esta vez yo supuse que no vendría, pero para mi sorpresa acompañó a mi hija y mis nietas a Buenos Aires. Los fue a buscar al aeropuerto el chofer que tengo desde que Ignacio no está, porque yo no sé manejar y con esa gente siempre dispuesta a molestar ya no me atrevo a entrar y salir de casa caminando. Tuvieron la precaución de venir unos días antes porque supusimos, y supusimos bien, que conforme se acercara la fecha el bullicio aumentaría, y no queríamos asustarlo. En los ocho días que llevan en casa nadie salió jamás.
Las nenas no fueron difíciles de entretener. Lucrecia les preparó la habitación que había sido de María de los Ángeles y yo restauré la vieja casa de muñecas, las Barbies, los trajes de bailarinas que ellas usan como disfraz. Aplacamos su ansiedad con golosinas y dejándolas hacer cosas que normalmente no hubiéramos permitido, como saltar sobre la cama, comer en los sillones del living o pintar con témperas sobre la mesa del comedor. En un momento en que las tres estaban fastidiosas Andrew preguntó por el balcón o por la terraza, pero mi hija lo disuadió con argumentos que no llegué a entender –mi dominio del inglés es un poco pobre.
Hasta anoche yo dormí en la antigua habitación de los varones, para dejarles a mi hija y mi yerno la habitación principal, con la advertencia de que hoy deberíamos cambiar para que Ignacio pudiese recuperar el de seguro añorado lugar en su cama.
Los varones dormirían en casa de mi cuñada, que desde que mis sobrinos se independizaron también tiene dormitorios libres. Pero no vino ninguno de los dos. Nacho llamó hace dos noches para decir que había tenido no sé qué problema en el campo, y Julián nos dijo que no venía porque si tenía que cruzarse con esa gente no sabía de lo que era capaz. Lo de Nacho me dio pena, pero con respecto a Julián me parece que es cierto que es mejor así.
Mi cuñada llamó cerca de la hora a la que la esperábamos para decir que, según lo que había visto en televisión, por mucho que intentara ingresar al edificio le iba a ser imposible y que ni siquiera se atrevería a pasar de la esquina aunque fuera en el auto. Terminó con una de esas cosas que a ella le gusta decir: ahora entiendo a los vecinos, y lo dijo como si ella no tuviera nada que ver con nada, como si su propio hermano tuviera menos que ver con ella que con nosotros.
Los amigos se limitaron a llamar o a mandar tarjetas, y de no haber sido por el doctor Ramírez, siempre leal, la familia de María de los Ángeles y yo hubiésemos sido los únicos en la bienvenida.
Supimos que estaba llegando por el ruido en la calle, como un tumulto, y aunque con las ventanas cerradas no se escuchaba bien, me pareció que esa gente empezaba con una de esas horribles canciones de cancha a las que les adaptan la letra para agraviar. Incluso se escuchó alguna sirena, y tres o cuatro estallidos. Con cada uno a mí se me paró el corazón, y por un instante me pregunté qué pasaría si no fuera pirotecnia sino algo peor, algo que hiciera que Ignacio ya nunca volviese a esta casa. Nos miré a los demás y me pregunté qué sería de nosotros sin mi marido. Me vi entrar y salir de casa caminando, recorrer la ciudad con mi hija y mis nietas y ya no temer nada, ya no temerle a esa gente.
María de los Ángeles actuó con naturalidad y les dijo a las nenas: “Prepárense que ahí viene”. Las dos más grandes se pararon frente a la puerta tomadas de la mano, pero la chiquita –asustada por los estruendos- corrió hacia su mamá, que la alzó en brazos y sonrió al decirle que no era nada, que la gente quería celebrar la llegada del abuelo.
El tiempo que pasó entre que empeoró el alboroto y escuchamos la puerta del ascensor se me hizo una eternidad. Las nenas más grandes ya se habían sentado en el suelo, mientras María de los Ángeles, todavía con la chiquita en brazos, me acariciaba la espalda y me decía “Tranquila, mamá”. Si no lloré fue por mis nietas. Pasé unos nervios que sólo había sentido antes al principio, cuando el doctor Ramírez nos confirmó que esa gente se había salido con la suya y que ya no había nada que hacer. Lucrecia parecía tan angustiada como yo, y de Andrew no sabría qué decir. Me pareció que de pronto el departamento lo ahogaba, de una forma mucho más profunda que esa molesta sensación de encierro que, según había comentado María de los Ángeles, lo acompañaba desde su llegada al país. Las dos veces en que mi hija le dirigió la palabra durante la espera le dijo “Andrew, please, no”, de manera que él no pudo encender el cigarrillo ni asomarse a la ventana, y los dos movimientos los reprimió con evidente contrariedad.
Las nenas más grandes volvieron a incorporarse cuando el ascensor llegó a nuestro palier, y por el modo en que se reían y cuchicheaban entre ellas creí que iban a correr a abrazar al abuelo. Pero no. Se mantuvieron quietas, y la única que se acercó a Ignacio fue María de los Ángeles –Andrew se apuró a quitarle la nena de los brazos. Yo no pude mover los pies, y por un momento pensé que ni siquiera iba a poder respirar. Me fijé en los detalles de esa escena, en Ignacio que consolaba a mi hija con palmaditas como si el motivo de su llanto no tuviera nada que ver con él, como si llorase porque se hubiera martillado un dedo.
Todas las veces en que lo visité me sorprendió su entereza. La primera vez pensé que lo encontraría abatido, pero entonces me dijo que lo trataban muy bien y que estaba rodeado de gente de confianza. Esta mañana volví creer que tal vez llegaría afectado, que sin dudas lo que pasaba en la entrada de casa lo fastidiaría. Si fue así, no lo sé: no sabría decir si su mirada era oscura por eso o porque preguntó por los varones.
María de los Ángeles le explicó. Las nenas ya no sonreían ni cuchicheaban ni nada, y mi marido giró hacia el doctor Ramírez, que había quedado encerrado por la escena del palier, para invitarlo a pasar. Las nenas permanecieron quietas cuando Ignacio avanzó hacia mí, y me besó como si volviera de una jornada de trabajo. Yo hice un movimiento como para tomarle las manos, pero él ya había girado hacia su yerno. “You must be Andrew”, le dijo, y Andrew pareció torpe al cambiar de brazo a mi nieta para extenderle la mano.
Sólo entonces Ignacio miró a la chiquita que, en brazos de su padre, todavía no se recuperaba del susto. Le dije “Es Lily”, y no supe si la nena se apartó para evitar la mano de mi marido por sí misma o si lo hizo su padre.
María de los Ángeles se apuró a presentarle a las otras dos, que por algún motivo, habían perdido el entusiasmo inicial. Ignacio, fiel a su estilo, las miró primero de lejos, como si las midiera, y cuando estaba por acercarse –quizás para besarlas en la frente- Andrew lo tomó del brazo y le dijo “Look! They made it for you!”.
Se refería al cartel, y creo que Ignacio fue el único que no vio en ese gesto lo que vimos todos. De algún modo la actitud de Andrew le vino bien –mi marido nunca se caracterizó por ser demostrativo- y al momento de observar aquel regalo pudo aplicar esa perspectiva con que mira con todas las cosas, y que con sus propias nietas hubiera sido inútil o ridícula.
Quizás impulsada por la complicidad con su forma de ser, decidí continuar con aquella especie de rescate y le dije que fuera a bañarse, que tenía todo preparado y que lo esperaríamos en la mesa. No lo dudó, era algo que se imponía por el sólo hecho de volver, de haber salido de aquel lugar horrible; lo hubiera hecho sin que yo se lo dijese, en un gesto como lavarse las manos después de visitar un enfermo en el hospital.
En su ausencia, el doctor Ramírez respondió todas nuestras preguntas. En especial nos tranquilizó a María de los Ángeles y a mí: nos dijo que no había chances de que esa gente volviera a salirse con la suya. Los tres aún estábamos de pie, pero Andrew, en el sofá, abrazaba a las nenas como si se acercase el fin del mundo -y lejos de encontrar la calma, la chiquita se ponía cada vez peor. Vi que él evitaba la mirada de mi hija, una mirada insistente y llena de rencor.
Ignacio tardó poco, y al regresar me preguntó por qué había redecorado la habitación. Le expliqué que en su ausencia pude dedicarme a esos detalles para los que antes no tenía tiempo, y aunque mi hija y el doctor Ramírez hicieron comentarios acerca de lo linda que estaba la casa, mi marido no agregó nada más.
Antes de almorzar el doctor propuso un brindis por el regreso de Ignacio, porque al fin se hacía justicia y por el buen tino del presidente, y quizás María de los Ángeles haya pateado a Andrew por debajo de la mesa cuando agregó que también debíamos brindar por la presentación entre las nietas y el abuelo.
Yo creo que sólo Ignacio y su abogado comieron bien. Los demás no hicimos más que revolver la comida con el tenedor. Era claro que a las nenas no les gustaba el menú, y me pregunto cómo fui tan distraída como para no preparar algo especial para ellas. Andrew tendría el estómago cerrado, y evitaba mirar a mi marido como se evita mirar a un fantasma. Tampoco miraba a su mujer.
Hace un rato nos levantamos de la mesa y convencí a Ignacio de que se recostara un poco. Nuestra habitación da al pulmón de manzana y los ruidos de la calle no llegan. Si mi hija y Andrew ahora discuten, lo hacen en voz baja, porque tampoco se los escucha a ellos. Las nenas encendieron la televisión, y su madre les pidió que guardaran silencio para que el abuelo pudiese descansar.
Ignacio me preguntó si en su ausencia había visitado la tumba de su madre el doce de cada mes, como era mi costumbre desde su muerte, y también cuál era la excusa que había dado su hermana. Después de eso se quitó la ropa y, en paños menores, se metió a la cama. Yo me acosté junto al él, pero creo que no lo notó, y sólo no volví al living porque no supe con qué escena me encontraría -todas las que imaginé era preferible evitarlas.
Todavía no hablé con mi hija, pero creo que ella piensa igual que yo: cerrar las ventanas no es suficiente.
El sentido de la historia. Cap 1
Por Maracujá
‘La historia’ no solamente ‘sucede’ sino que es también ‘hecha’, hecha sin duda por las acciones de los seres humanos en situaciones específicas, pero hecha también por aquéllos que escriben sobre estas acciones y las dotan de un significado que con frecuencia es tan ‘ficcional como una novela.
Hayden White
Un domingo por la tarde, en 1998, encontré en una revista una nota acerca del Equipo Argentino de Antropología Forense. Según el artículo, se trataba de un grupo de especialistas abocado a la búsqueda y reconocimiento de restos de personas desaparecidas. Sin pensarlo, tomé el teléfono y llamé al Servicio de Informaciones, y cuando la operadora atendió le pregunté el número particular de uno de los antropólogos entrevistados –como era fin de semana no encontraría a nadie en la oficina, cuyo teléfono sí figuraba al pie de la nota.
Colgué y marqué el nuevo número. Me atendió una mujer mayor, le dije que quería hablar con el antropólogo –no recuerdo su nombre- y me dijo que él no podía atenderme porque en ese momento preparaba su mudanza. Me preguntó qué quería y le expliqué; la mujer insultó a los militares y pronto me comunicó con su hijo.
Quizás porque lo había interrumpido, el antropólogo me pareció antipático. Con tono de fastidio me dijo que estaba ocupado y que debía llamar durante la semana a la oficina, y tuve suerte de que no preguntara cómo había obtenido su teléfono personal. Pensé que quizás mucha gente haría lo mismo que yo, y que él estaba cansado de tener una vida plagada de llamados urgentes –se me ocurre que la urgencia no estará en la perspectiva de ningún antropólogo.
En el transcurso de la semana, cuando al fin hice una cita y me presenté en la oficina, me pareció tan antipático como por teléfono. Por suerte -quizás porque atenderme no estaba entre sus funciones, o porque ya estaba harto de mí- me derivó con otro antropólogo al que llamaban Maco. Me presenté: soy Julia Coria. Y aunque todavía no estaba segura de lo que esperaba de aquel encuentro, no esperaba lo que obtuve como respuesta: Ah, un gusto, la hija de Roberto ¿no?
Así es que, con un estilo bien distinto al de su colega, con Maco tuve desde el comienzo la sensación de que allí me esperaban desde hacía tiempo. Me preguntó qué quería y le dije que quería saberlo todo. Cómo no, contestó; luego escribió los nombres de mis padres en la pantalla y apretó enter.
***
En esta historia saberlo todo –entonces lo sospechaba y ahora lo sé- es una aspiración imposible. Al salir de Antropólogos sabía sobre mis padres mucho más de lo que nunca pensé que llegaría a saber –por eso no había tenido dudas al decir que mi intención era saberlo todo, de haberlo sospechado habría sido más cuidadosa, hubiera buscado al menos alguien que me acompañara. Entre otras cosas, en la pantalla de aquella computadora se leía que mis padres habían militado en la Juventud Peronista y en Montoneros, y también que habían pasado su cautiverio en el centro clandestino de detención conocido como Vesubio, o también como Puente Doce. Recuerdo que ese dato me conmovió en particular, porque no hacía mucho había leído una nota en el diario acerca de ese centro, el relato espeluznante de los últimos días de un nene que de algún modo –del mismo modo inexplicable que todos los demás detenidos- había ido a parar allí.
Y además de hacerme de esa información, obtuve otros dos datos.
Del primero de ellos me enteré mientras dejaba una muestra de sangre. Le pregunté a la chica que me la tomó cómo se proseguiría entonces, si bastaba con contrastar esa muestra con los restos humanos que guardaban en cajas que yo –por casualidad y por desgracia- había visto en una habitación cuya puerta estaba entreabierta. Sonrió: cada análisis de ADN es tan costoso que los cuerpos buscados podrían estar allí mismo sin que su identidad se conociera por mucho tiempo –quizás nunca- a falta de una buena hipótesis que condujera la investigación. O, como siempre dice Maco, que de seguro intuye la ansiedad de los que lo consultamos: Las chances son remotas.
Lo que me dijo la chica que me sacó sangre me llevó a una nueva pregunta, que me reveló al fin el segundo dato. Volví a acercarme a Maco: ¿de dónde surgía la información que él me había mostrado en la computadora? La mayor parte de ella, según dijo, de la carta enviada por un ex detenido uruguayo, un tal Juan. La buscó, me entregó el original y conservó una copia. El remitente era de Amsterdam, y lo último que Maco sabía de Juan era que estaba preso en Holanda.
Después de eso, ya en mi casa en Adrogué, me comuniqué con la agencia de turismo para organizar mi viaje. Nunca antes había tenido dinero para hacer un viaje así, pero acababa de recibir una beca. Quizás esa fue la primera de las coincidencias.
***
La tarde en que un grupo de chicos vestidos con uniforme de colegio entraron al bar en que yo estudiaba y me robaron la cartera colgada del respaldo de la silla –pequeña proeza de un mocoso malcriado-, yo ya había comprado mi pasaje y depositado demasiadas expectativas en el viaje a Europa como para volverme atrás aunque la dirección del tal Juan –en el sobre de su carta- se hubiera perdido con el resto de mis cosas. Me quedé con los antejos, un apunte y un lápiz negro en la mano, de manera que la amiga con que estudiaba aquella tarde debió prestarme dinero para volver a Adrogué, donde yo vivía entonces.
Al llegar llamé a Maco. Como yo había anticipado en el trayecto a casa, él no había guardado una copia del sobre, de manera que no conservaba la dirección de Juan. Visto desde ahora, el panorama parece desalentador, pero de seguro en aquel momento –más allá de la angustia inicial– la complicación no hacía más que agregar a la historia cierto misticismo: cuando al fin encontrara a Juan lo habría logrado a pesar de todo.
***
Algunos meses después de mi visita a Antropólogos, pero antes del viaje a Europa, asistí a un homenaje a los desaparecidos del Vesubio. No recuerdo ningún detalle, sólo que en el evento conocí a una sobreviviente llamada Ana.
Recuerdo de ella que tenía pelo largo rubio, que como era psicóloga sus captores le habían encargado algún trabajo profesional –elaborar un informe sobre no sé qué cosa- y que, a falta de agujas, había tejido con sus dedos una bufanda para una compañera de celda que se moría de frío. Creo que alguna vez fui a su casa, tengo una vaga imagen de un pasillo de ladrillo a la vista y de un marido –también sobreviviente- de aspecto bonachón.
Nos presentó una conocida en común, y no podría reconstruir cómo con Ana terminamos casi amigas: al principio me interesé en ella con la intención de obtener datos sobre mis padres, saber si los había visto durante su cautiverio, pero pronto confirmé que jamás los había visto ni tampoco había oído hablar de ellos. No me resultó del todo extraño: en su carta, Juan explicaba que él –y con él mis padres- habían estado en una casa apartada del edificio principal, aunque dentro del predio del Vesubio. La casa era conocida como El Infierno.
Con Ana hablábamos bastante por teléfono, al punto que mi abuela –con quien yo vivía por entonces- también llegó a conversar con ella. Por supuesto le conté mi idea de viajar en busca del tal Juan, y Ana se contuvo por un tiempo pero al fin, cuando faltaba poco para la partida, me llamó y me dijo: No vayas, Juan no existe. Había hablado del tema con otros ex detenidos, y nadie conocía o había oído hablar de Juan; por otra parte, la versión sobre aquella otra casa les resultaba inverosímil y Ana no veía motivos para creerle a alguien de quien nadie sabía nada. Según ella se trataba de un falso testimonio, de una gran mentira, pero ya era tarde: gracias a la carta de Juan yo había reconstruido la trampa mortal de mis padres, sus palabras habían sido mi único indicio acerca del final. Por alguna razón lo que ella me dijo no logró perturbarme y le prometí que repensaría el viaje, pero fue sólo una frase de compromiso: de todas formas me iría.
Dos noches antes de mi partida, Ana volvió a llamar. De pronto, de la nada, había recuperado un recuerdo: la mujer de Juan, y el encuentro con él, a quien habían llevado a la casa en la que su mujer estaba con Ana y con otras detenidas para que se despidieran antes de que a él lo liberasen y a ella terminaran por matarla. Andá nomás, me dijo, y yo ya tenía la mochila preparada.
***
Mis compañeras de viaje fueron Monique y Macarena, mis amigas de la infancia. Aprovechamos los beneficios de un pasaje triangular para hacer turismo: pasamos unos días en New York y después volamos a Londres. Como llegamos apenas antes de que el vuelo despegara –de alguna forma casi siempre llego tarde a mis vuelos- nuestras valijas se perdieron en el éter, y al llegar a Inglaterra yo, que era la única de la partida que hablaba inglés, estaba demasiado descompuesta como para hacer el escándalo que el asunto demandaba: siempre vomito en los aviones. Accedí dócilmente a que la compañía nos pagara una buena cantidad de dólares por día hasta que reaparecieran nuestras cosas, y mientras me vestía con horribles camisetas tomadas de entre los objetos perdidos de nuestro horrible hostal, usé aquel dinero para comprar regalos y un hermoso vestido de fiesta. Mi idiotez era inconfesable: en la mochila perdida se encontraba mi única copia de la carta de Juan –ya sin dirección, siquiera. Por suerte todo apareció a los pocos días.
Visitamos Edimburgo y París. De allí Monique volvió a Buenos Aires, y Macarena y yo nos quedamos en la ciudad otra semana, ella entretenida con un tal Cameron y yo con todas las intenciones de contactar a María Laura, de quien había leído un testimonio en Ni el flaco perdón de Dios, el libro de Juan Gelman. Su historia era bastante distinta de la mía. Una abuela malísima –la abuela materna- las había criado a ella y a su hermana tras la desaparición del padre y el encarcelamiento a disposición del Poder Ejecutivo de la mamá. Pero la versión de la abuela era otra: que el padre las había abandonado, y que la madre –desde luego por culpa de él- se había vuelto loca. Con la apertura democrática la madre se había llevado a las hermanitas a Francia. María Laura, ya adulta, había estudiado Antropología y ganado una beca para estudiar no sé qué cosa en las costas argentinas. Pero en realidad, en buena medida, viajaba para buscar los restos de su papá.
Y los encontró. No recuerdo si lo relataba en el libro o me lo contó más tarde ella misma, pero tras muchas idas y vueltas dio al fin con el cuerpo de su padre. Como una merecida venganza, velaron los restos en el pueblo en que la abuela malvada las había criado. Me fascinaba aquel detalle, como si de algún modo hiciera algo de justicia con los que a mí misma me habían dicho tantas veces: por algo será.
Yo había organizado el viaje para cruzarme con María Laura antes de llegar a Amsterdam, con la sensación de que buscar a Juan no sería tan sencillo y de que quizás ella pudiera enseñarme algunas cosas. La llamé en cuanto llegamos a París, y me citó frente a la Bastilla, en un acto político en repudio al por entonces presidente de Chile, quien había decidido viajar a Europa mientras en Londres se dirimía la suerte del dictador Pinochet.
Tampoco recuerdo cómo la reconocí o me reconoció, pero pronto tomábamos algo en un café cercano junto a otros exiliados, algunos de la edad que tendrían nuestros padres. Las marchas, cuando terminan bien, terminan así.
Por un momento tuve la fantasía de que alguno de los presentes podía haber conocido a mis papás pero, una vez más, nadie reconocía sus nombres. María Laura, por su parte, parecía una experta en conservar el misticismo que predominaba en su relato del libro: seria, distante, dispuesta a no hablar de más.
Aunque esta imagen no cierra con el hecho de que esa noche terminé en su casa, en una cena que también compartimos con una chica a quien yo había conocido en mi paso por HIJOS y a quien encontramos de casualidad en la marcha creo que con su novio; tal vez él también estaba en esa casa aquella noche. Entonces María Laura sí habló bastante, y de hecho fue casi un monólogo en el que a los demás sólo nos tocaba hacer exclamaciones de sorpresa.
Quizás a fuerza de repetirlo, María Laura había construido un relato de su búsqueda en el que la más cruel realidad se intercalaba con elementos mágicos, casi siempre alguna especie de huella que su padre habría dejado en el mundo sólo para que ella la encontrase. Recuerdo algunas: por ejemplo, la tarde en que en no sé qué archivo, harta de pasar diarios hoja por hoja en busca de la falsa noticia de la caída en combate de su papá, María Laura arrojó algunas de entre las que se soltó la que contenía el recorte buscado. También hubo un sueño mítico en que ella se contactaba con algún personaje de la biblia –¿quizás Ruth?- que antecedió a la tarde en que, ya en el cementerio al que la habían conducido sus averiguaciones, ese nombre guió de alguna manera también mágica el rastro de su padre en el eterno registro de NN.
De esa noche recuerdo además mis intentos de dormir bajo el techo a dos aguas de la habitación del hermanito de María Laura –hijo de la madre con su actual marido- angustiada por el hecho de que no había ni un sólo indicio mágico en mi propia búsqueda, ante la evidencia de que los rastros corrientes no bastaban y de que sin intervención sobrenatural yo nunca encontraría nada.
***
Antes de viajar a Amsterdam pasé por Amien Nord, un pueblito de Francia, para visitar una antigua pen friend, y por Beckum, Alemania, donde una especie de ex me hospedó en casa de los padres de su pareja –donde también él vivía. La madre de la chica lavó toda mi ropa con suavizante y me preparó comida casera. En la antesala de mi partida hacia Holanda, mi amigo hizo su mejor esfuerzo: recuerdo la tarde anterior, cuando no pude evitar llorar y él, intimidado por mis lágrimas, me preguntó si había estornudado.
***
Al llegar a Amsterdam caminé demasiadas cuadras con la mochila al hombro, encaprichada en el error de que en Holanda la numeración de las calles funcionaría de acuerdo con un sistema similar al de Argentina. Al fin di con un deprimente albergue de alguna asociación cristiana en el que dejé mis cosas antes de salir hacia el Correo Central.
En el correo los empleados encontraron divertida mi búsqueda de un hombre de quien yo apenas sabía el nombre y apellido. Pensarían que me había roto el corazón, pero no los contradije porque la verdadera historia era demasiado larga y complicada –aunque llegué a considerar la posibilidad de contarles un poco, para probar si eso despertaba su solidaridad- , y además estaban en lo cierto: ese nombre era para mí una verdadera fuente de desconsuelo.
Cansados de la broma, al cabo me sugirieron buscar en la guía telefónica, y la señalaron a mis espaldas: decenas y decenas de tomos que yo debería explorar, ya que ignoraba la localidad en la que Juan vivía.
Tardé unas horas en darme por vencida, nombres y nombres que de tan extraños eran imposibles de leer, y como me quedaban pocos días en la ciudad, salí a recorrerla. Quizás pensaba que me cruzaría con Juan por la calle, que él llevaría su nombre pintado en la ropa.
***
Mi psicóloga de entonces me había dado el teléfono de una colega suya, Ildish, ya no sé si para que le preguntase por Juan o para que, si resultaba necesario, me desahogara con ella. En cualquier caso, hice ambas cosas. Acordamos una cita en la que hablé sin detenerme hasta que ella me interrumpió para preguntar cómo se llamaba el hombre al que yo buscaba. Se lo dije. Y ella entonces dijo: Ah, sí, fue paciente mío.
Ildish había atendido a Juan a su llegada a Holanda, hacía de esto más de veinte años. No recuerdo si me contó algo acerca de él o no, pero sí que buscó en los archivos un número telefónico que más tarde yo comprobaría fuera de servicio. Para no volver a molestarla, seguí una de sus sugerencias: ir al Centro de Estudios Latinoamericanos en Amsterdam.
Tal como Ildish había anticipado, en el lugar había argentinos, chilenos y uruguayos, y algunos holandeses que hablaban un defectuoso pero amable español. Estaban de festejo, y ahora que lo escribo recuerdo que era 24 de marzo –aniversario del golpe- y que acababa de decidirse que Pinochet se quedaría en Inglaterra para ser juzgado por crímenes de Lesa Humanidad. Fue extraño entrar a un lugar así: como teletransportarme de Europa a algún café cercano a mi facultad o a una asamblea de HIJOS, con la particularidad de que nadie me incluía en los abrazos que los acontecimientos multiplicaban. La situación me resultó incómoda, y también la compasión que vi en los que escuchaban mi historia para luego asegurar que no conocían a Juan, ni a sus hijos ni –por las dudas también pregunté por ellos- a mis padres.
Estaba a punto de retirarme cuando se me ocurrió que tal vez me permitirían usar internet para ahorrarme la fortuna que por entonces significaba el contacto regular con Buenos Aires. Me dijeron que sí, tal vez en parte porque ya no se atrevían a negarme nada.
Como me lo indicaron, en el fondo había una habitación con bibliotecas que desbordaban de carpetas y libros, y cuatro o cinco computadoras, con sólo una ocupada. Saludé y me senté junto a una máquina. Al abrir mi casilla de mail encontré unos cuantos mensajes, varios de ellos de los amigos que me apoyaban desde Argentina, y uno de Fabián que decía algo acerca de las búsquedas, nada trillado sino pensado y escrito para mí, a pesar de que concluía con la consigna: no olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos.
El hombre a mis espaldas giró para preguntarme si estaba bien y ofrecerme un pañuelo. Yo, que apenas podía hablar, escuché: Pablo, chileno, exiliado junto a sus padres desde hacía dos décadas, periodista. Cuando me recuperé le conté mi historia y, en una mezcla de solidaridad y curiosidad profesional, me ofreció ayuda. Quedamos en que él haría algunas averiguaciones y nos encontraríamos esa noche en su casa. Mientras tanto, por si necesitaba contención, me dio el teléfono de una familia argentina que también había llegado a Amsterdam durante los años setenta.
Al salir llamé. Como me atendió un contestador dejé un mensaje atolondrado en el que sintetizaba quién era yo y qué hacía en la ciudad. No sabía bien por qué llamaba pero, por si había alguien dispuesto a responder sin saber por qué, dejé el teléfono de mi albergue. Durante el resto del día recorrí la ciudad. Aunque me quedé varios días sólo recuerdo de Ámsterdam –más allá del trasfondo borroso de los canales y puentes, el despilfarro de tulipanes, el olor dulce de la marihuana, las putas de folleto turístico haciendo lo propio en las vidrieras- una tienda de tés especiados en cerca de la Estación Central, y otra de elementos de navegación en la que compré la hermosa brújula dorada que le traje de regalo a Fabi.
Por la noche tomé el tranvía hacia la casa de Pablo, quien me recibió contento por haber encontrado pistas para darme. Me senté junto al él y compartí el auricular del teléfono para escuchar las conversaciones que mantenía con varios miembros de la comunidad uruguaya en Holanda. El primero de ellos dijo que Juan estaba en Barcelona, con una de sus hijas. No tenía la dirección, pero sí el nombre de la chica y no creía que fuera difícil encontrarlos. Pablo cortó y llamó a la estación de trenes para reservarme un pasaje, pero luego de eso, por las dudas, llamó a otro exiliado. No, Juan no está en Barcelona, está en Madrid, con el hijo: otro llamado a la terminal, otra reserva. Pero no podíamos quedarnos con aquellas versiones contradictorias; Pablo hizo un nuevo llamado, y al parecer desde hacía algunos meses Juan se encontraba en Bélgica. Todo esto duró varias horas, y al fin la mayoría de los consultados afirmaron con certeza que Juan había regresado a Uruguay.
La novedad me desalentaba: en Europa, dispuesta –tonta de mí- a cerrar esta historia de una vez y para siempre, la soledad me hubiera permitido no sólo no afectar a mi familia con mis potenciales hallazgos sino también angustiarme a mis anchas sin tener que comprometer a nadie en la estéril tarea de ofrecer consuelo. Pablo compartió mi decepción: de alguna forma, la historia ya no se resolvería cerca de él. Íbamos a cenar pero no cenamos. Bebimos la botella de vino chileno que yo había llevado y luego me acompañó al subte, o al tranvía.
Al llegar al albergue una recepcionista norteamericana con una crucecita al cuello me dijo de mala manera que me había llamado Raquel, la mujer con quien yo había intentado comunicarme por la tarde. Más por hablar con alguien que por otra cosa, la llamé. Me dijo que no había entendido bien mi mensaje y que le explicara otra vez toda la historia. Me interrumpió a la mitad: ¿Juan qué? Se lo dije. Ah, sí. Mi familia compartió el refugio con la de él a nuestra llegada a Holanda, nuestros hijos crecieron juntos.
No necesitó mucho para convencerme de que diera de baja una reserva a Berlín y me quedara en Amsterdam para conocerla a ella y a sus hijos, que tenían el padre desaparecido y –a la distancia de la Argentina- sentían una enorme curiosidad por una historia como la mía. Halagada, pensé que esta vez María Laura sería yo. La única diferencia era que yo nunca había encontrado nada, y que las pistas parecían conducir a ninguna parte.
***
Raquel y dos de sus hijas me recibieron en Amsterdam como si nos conociéramos desde siempre. Me hospedaron alternativamente en sus casas, una de esas extrañas costumbres de los lugares a los que uno va de viaje y que yo soy incapaz de corresponder. Aunque todavía me costaba creer que alguien pudiera interesarse en el relato de una búsqueda frustrada, ellas me escucharon con atención; el elemento en verdad fantástico, por mi parte, lo encontraba en que aquella familia hubiera vivido, hasta la hora de su exilio, en Adrogué.
A pesar de que pronto terminó de comprobarse que Juan ya no vivía en Holanda, la estadía no estuvo mal. Por un lado, yo seguía decepcionada; por el otro, decidí dejarme llevar por mis nuevas amigas que, al haber encontrado un nexo con su propio pasado, me ofrecían incontables muestras de cariño. Dejé la ciudad sólo dos días antes de la fecha que indicaba mi pasaje de regreso a Buenos Aires. Visité en Bélgica la bellísima ciudad de Brujas, y luego abordé un tren a París, donde volvería a encontrarme con Macarena. Porque Raquel lo había conseguido para mí, llevaba anotado un teléfono de Juan en Montevideo.
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A pocos días de mi regreso a Buenos Aires intenté llamar a Juan desde un locutorio, pero de acuerdo con la operadora el número solicitado no correspondía a un abonado en servicio. Agotada, vencida, decidí entonces que Juan no existía, y que no incluiría en mi vida más gente imposible de encontrar.
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Un año más tarde, en el Bar del Lector, preparaba un trabajo para la facultad junto con dos amigas; se habían sumado al grupo otra chica y un chico, pero ni siquiera recuerdo sus nombres. Discutíamos la matriz burocrático disciplinaria del paradigma educativo moderno y, al hablar del concepto de docilidad de los cuerpos, alguien hizo mención a la recién estrenada película Garaje Olimpo. Yo no la había visto, pero los demás contaban algo acerca de la celda de la protagonista. Hice un comentario acerca de las dimensiones de la celda de mi papá, y la chica me preguntó cómo conocía esos detalles. Luego de explicarle que lo había leído en la carta del único sobreviviente del centro de detención en que habían estado mis padres, por alguna razón dije algo así como Pensar que fui a buscarlo a Holanda y estaba en Uruguay... Entonces la chica me miró y dijo: No será Juan ¿no?
Su novio -Rodrigo- era el abogado de Juan en los trámites para cobrar la indemnización que el Estado ofrecía a los ex detenidos-desaparecidos, pero le habían robado la agenda y no tenía de Juan más datos que yo: el nombre y el apellido, la ciudad de residencia. Hubo que esperar que llamara él.
Y llamó. Unos tres meses después Juan llamó, su abogado le contó de mí y él accedió a verme. Rodrigo me había advertido que se trataba de un hombre que apenas sabía leer y escribir. No esperes nada, me dijo, él no habla mucho, y yo mentí al asegurarle que no tenía grandes expectativas.
Ellos irían a la Cancillería a terminar un trámite, y quedamos en encontrarnos allí luego de eso. Recuerdo que esa mañana había dos policías en la puerta, y por la forma en que me miraron tuve la fantasía de que pensaban que yo era capaz de hacer volar el edificio. Tuve la fantasía de que sabían por qué me encontraba allí. Tuve la fantasía de que veían en mí algo de lo que representaban mis padres. Sólo dejé de pensar en esto al ver a Rodrigo: detrás de él llegaba Juan.
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Tiempo después, cuando nació Juanita, tardé unos segundos en comprender que esa maravilla que la médica me mostraba y el bebé que Fabián y yo habíamos estado esperando eran una misma cosa. Aquella vez fue similar. El Juan que me había imaginado no se correspondía con aquel hombre que al caminar encorvado arrastraba los pies: el perfecto estereotipo del ex detenido.
Yo había pensado en un caluroso abrazo, pero él apenas me extendió su mano, y cuando Rodrigo propuso que fuéramos al bar de enfrente comprendí que no vería a Juan a solas. Al rato pensé que eso era una suerte: el silencio me incomoda y Juan, sin mucho interés por hablar, respondía a todas mis preguntas con sí, no o ahá. Rodrigo, más inquieto que yo, cada tanto hacía algún comentario acerca de algún otro de sus casos.
Pronto supe también que no obtendría mucha información, no sólo por la poca disposición de Juan sino porque una de las primeras cosas que dijo fue que los detenidos tenían prohibido hablar entre sí. Entonces me limité a preguntar por cuestiones sencillas pero que también me importaban, como si los dejaban bañarse –mis padres estuvieron detenidos en celdas sobrepobladas durante el pleno verano- o qué comían. Respondió a todo, pero siempre tras algún rodeo: viste como es la vida o las cosas son así.
Durante casi una hora mi frustración no hizo más que crecer al ritmo de la de Rodrigo –me pareció que a pesar de todo incluso él se había hecho ciertas ilusiones de que Juan me contara algo sustancial-, y todo empeoraba porque los dos nos angustiábamos también por la angustia del otro. Juan, en tanto, persistía en su actitud. Por un momento pensé que si yo fuera él la situación me incomodaría tanto que intentaría hablar de cualquier cosa para hacerla más distendida, pero era evidente que eso no estaba entre sus preocupaciones.
Y ya habíamos pedido la cuenta cuando Juan dijo al pasar: Y sí, yo al único que le vi la cara fue a Roberto Coria. Dije: ¡Pero Juan! ¡Roberto Coria es mi papá! No sé como encontró la manera de responderme con uno de sus ahá. Después de eso, sin embargo, logró contarme con lentitud pero de corrido la escena de la conversación con mi padre.
Al parecer las duchas estaban en un nivel distinto al de las celdas, y para bajar por las escaleras los detenidos tenían permitido levantarse un poco las capuchas -de pronto pensé en las capuchas y me pregunté quién las cosería, coser es una actividad no prevista en la carrera militar, quizás miserables mujeres, horribles brujas comprometidas con aquella causa, locas fanáticas, costureras diabólicas. En una ocasión mi padre bajaba apoyado en la pared cuando reparó en que unos ladrillos estaban flojos y empujó hacia fuera para mirar. Después giró, y tras él estaba Juan. Si salís avisá que estamos en Puente 12. Soy Roberto Coria y estoy acá con mi mujer. No sé qué más le dijo -aquello ya me pareció demasiado para el contexto de la prohibición de hablar- pero Juan también recordaba que mi madre era maestra. Al saber que los presos no podían hablar entre sí me causaba escalofríos pensar de qué forma lo había escuchado, tal vez durante un interrogatorio.
Sólo al llegar a Europa Juan transmitió aquel mensaje de mi padre, cuando alguien redactó por él la carta que veinte años después me entregarían en Antropólogos.
El encuentro terminó luego de que Juan concluyera su anécdota, y cuando nos despedimos me dijo Al final hice lo que me pidió tu papá, te di su mensaje. Aquel instante de lucidez me sorprendió, como si las palabras hubieran salido de la boca de otro. En efecto, en cuanto terminó de pronunciarlas, Juan recuperó la apatía habitual y nos despedimos.
Dos noches más tarde fuimos a comer a lo de Rodrigo, que en otro de sus gestos de solidaridad preparó un riquísimo y adecuado guiso, una de esas comidas que hermanan, acercan, dan la sensación de compartir algo más que lo que hay en el plato. Pero Juan le arruinó los planes: todo lo acogedor de aquel encuentro se evaporó al despacharse con dos o tres detalles escabrosos por los que yo había preguntado en la primera cita y que él antes no había podido recordar. Contó cosas horribles que prefiero no reproducir para no mortificar a nadie. Yo me mantuve serena, para no apenar aún más a Rodrigo y para que Juan no dejara de hablarme. Contó cosas horribles. Y supe que de algún modo sólo lo había buscado para escuchar todo aquello; supe que un analfabeto es capaz de describir lo indescriptible; supe, mientras lo escuchaba, que algo de mí cambiaba para siempre o incluso, tal vez, moría.
En algún momento de la noche ambos me acompañaron a la parada del colectivo y me despedí de ellos para siempre.
***
Dos meses antes de que la secuestraran, mi madre dejó en casa de mis abuelos el álbum de fotos de toda su vida, la pulsera de oro que le habían regalado para sus quince años y el tapado de piel que había podido comprar con su sueldo de maestra. Como crecí en la casa donde ella había vivido escuché sus discos de Los Beatles, leí sus ejemplares de El Principito y de Mafalda y, durante el revival hippie de los ’90, usé sus vestidos y polleras.
Mi tía Gloria me regaló las cartas que mi madre le había enviado a Estados Unidos a principios de los ’70. En cada una se describían en detalle los acontecimientos de la época, de manera que conocí su versión de las vacaciones familiares en Mar del Plata, de la vida cotidiana en la Facultad de Filosofía y Letras y de los avatares de las elecciones en las que Cámpora accedió al gobierno y Perón al poder.
Mi mamá y yo somos, como dice todo el mundo, dos gotas de agua. En una ocasión, en Adrogué, una mujer me miró asustada; pronto comprendí y me adelanté a aclararle que era la hija, para que no se desmayara ante el fantasma de mi madre. Lo mismo me pasó con un ex novio de ella, a quien contacté y me visitó en casa de mis abuelos. Una tarde, cuando eran chicas, mis primitas me cantaron tiene novio, tiene novio, porque vieron en mi cuarto una foto del casamiento de mis padres y creyeron que la novia era yo.
Fui al mismo colegio que ella, de manera que a ambas nos aburrió la profesora de literatura conocida como La Momo y nos sermoneó la Hermana Isabel, sólo que mientras mi madre estudiaba la monja aún era maestra, y para cuando yo empecé la primaria ya había ascendido a directora. Su amiga Emilse, quien al fin la delató con su novio policía, fue a mediados de los noventa mi profesora de Psicología, y también ella parecía impresionada por el parecido, o tal vez la expresión de su rostro se debía al remordimiento.
De mi padre, en cambio, no conservo casi nada –salvo por el hecho de que Juana y yo tenemos sus cejas y también, quizás, su boca. La noche en que los secuestraron, dos hombres desconocidos me dejaron en casa de mis abuelos maternos, y conmigo dejaron el bolso que llevaba mi madre. Lo había fabricado mi papá, que era artesano y trabajaba con cuero. Mi abuela materna lo conservó, y también dos o tres monederitos que él le había regalado a ella y a mis tías.
Además, en casa de mis abuelos estaban las fotos del casamiento, y hace dos años mi tía Gloria encontró una de él poniendo un disco, la mejor de todas las que tengo. Mi tía Betina me regaló una foto que ella me había tomado con mi mamá, pero con él no tengo ninguna –los militares que robaron todo lo que había en nuestra casa se llevaron también la cámara de fotos con el rollo sin terminar.
De entre las cosas de mi abuela paterna, Blanca, rescaté los boletines escolares, dos fotos de la niñez, una cartita infantil y una postal que mi papá le envió desde la costa. En una de sus cartas mi madre menciona que fueron a no sé dónde y se sumó también Robertito, el hermano de Silvia –que por entonces era la novia de su primo. Silvia, la única hermana de mi papá, murió cuando yo tenía dieciocho años, y mi abuela Blanca hace cinco, pero desde hacía mucho el Alzheimer le impedía recordar; mi abuelo los abandonó cuando mi padre tenía cuatro años, de modo que no queda nadie para contar nada.
Hace algunos meses contacté al cura que los casó, pero que antes de eso se había debatido entre el amor de mi madre y el seminario, y al parecer ella misma lo había convencido de que se ordenara. Una noche le dije a Fabián: No puedo evitar pensar: ¿por qué mi mamá no se fue con él? Si se hubiera ido con él al Interior no le hubiese pasado nada. Fabián se enojó: Al final reproducís el discurso de que tu mamá era una tonta y tu papá la llevó de las narices. Tiene razón, y me impresioné por lo que yo misma había dicho.
Recién ahora, que me dispongo a terminar este capítulo, comprendo por qué lo escribí. Todos los hijos de desaparecidos queremos contar, pintar o filmar la historia de nuestros padres: es porque necesitamos que tenga un sentido. Como María Laura, intento presentar las cosas de modo que parezca que mi padre dejó para mí huellas en el mundo. De alguna forma, siempre estuve enojada con él porque no me había dejado nada, y me reconforta recrear esta especie de comedia de enredos en la que mi padre logra que yo reciba al fin su mensaje. No creo en Dios ni en el destino, de manera que la reconstrucción que hice de estos sucesos me parece irreprochable. Y por eso me alcanza y me sobra.
Hotel en Adrogué
Compramos el terreno hace casi tres años, cuando el padre de Victoria, al morir, le dejó a ella el chalet en Mar de Plata, la casita del Tigre y el departamento de la Capital, todo demasiado grande o demasiado lejos de todo para un matrimonio que sólo vive para ver crecer a los nietos que su hija se negaba a darle.
De manera que vendimos las propiedades y decidimos construir el hotel, muy cerca de nuestra futura gran familia en Adrogué, donde vivimos desde siempre. El primer año se fue en construir el edificio, y los meses siguientes en equiparlo y decorarlo al gusto de Victoria -que tiene un gusto excepcional. Cuando se acabó el dinero de la herencia recurrimos a nuestros ahorros y pronto nos quedamos sin nada, de modo que vendimos nuestra propia casa y nos instalamos en una habitación del hotel –lo que por otra parte resultó muy beneficioso para vigilar su funcionamiento desde adentro y asegurarnos de que el personal cumpliera nuestras órdenes al pie de la letra: se sabe que las mucamas tienen su mañas y que por lo general esas mañas perjudican a propietarios y clientes. No lo digo por decir. En una ocasión sorprendí a una de ellas frente al espejo con un vestido de Victoria apoyado sobre su cuerpo, y otra vez vi a una de las cocineras mojar un pedazo de pan en nuestra sopa. En ambas oportunidades decidí callar: si el personal se molesta los daños pueden ser mayores. Me limité a hacer que notaran que las había visto, y dejé que la vergüenza hiciera lo suyo.
Victoria se adaptó a la vida en el hotel mucho más rápido que yo, que extrañaba la posibilidad de bajar en bata a la sala a tomar el desayuno. Nuestra condición de anfitriones imponía siempre guardar las formas, y Victoria estaba obsesionada en dar una buena imagen al punto de no permitirme siquiera leer el diario detrás del mostrador de la conserjería. Por qué le hago caso, se comprende fácil: Victoria siempre tiene razón en todo. Incluso con lo del hotel: no fue su culpa, nadie hubiera podido prever lo que pasó.
El señor Sosa, nuestro primer huésped, llegó la segunda o la tercera noche después de la inauguración, escapando de una complicada situación familiar familiar, sin valijas porque no había tenido ocasión de hacerlas. Con el tiempo el hijo fue alcanzándole algunas cosas, pero se supo –el señor Sosa era vecino del barrio- que la mujer le había quemado ropa, libros y –de esto de esto se lamentaba más que nada- la caja con recuerdos que había heredado de su hermana mayor. Era así como se había quedado sin una sola foto de su madre, sin la imagen de su familia completa frente a la casa natal en Coronda y sin la pequeña lata con los dientes de leche del mismo señor Sosa que la hermana había conservado para –según él lo decía- asegurarle prosperidad.
Durante casi un mes él fue nuestro único huésped, y al hacer cuentas imposibles, más de una vez estuve tentado de reprocharle a Victoria el desatino de abrir un hotel en una pequeña ciudad que no es turística ni comercial ni nada. Por suerte me contuve: Victoria no es de tolerar reproches, y además pronto llegaron los Leiva.
Vinieron desde Mendoza para la boda del ahijado del matrimonio, pero durante la ceremonia religiosa la señora se descompensó y, cuando se supo que en realidad estaba embarazada y que la criatura estaba en riesgo, el señor Leiva dispuso que la familia se quedara donde estaba -en nuestro hotel- mientras la señora permanecía internada y personas de su confianza se encargarían de los negocios en la provincia.
Y justo cuando buscábamos niñera para las mellicitas Leiva llegó la señorita Aydeé, una joven que, según nos dijo mientras se registraba, venía de Misiones a estudiar en el conservatorio, y a la que el trabajo convenía. Victoria, que siempre encuentra una forma apropiada para decir las cosas más incómodas sin caer mal, le preguntó cómo se le había ocurrido hospedarse en Adrogué y no en la Capital, y la señorita Aydeé le explicó que llegaba al hotel por recomendación de su tía. En los meses que siguieron, sin embargo, no recibió llamados, visitas o correspondencia, ni la escuchamos cantar ni tocar ningún instrumento. Apenas les enseñaba a las mellicitas Leiva canciones conocidas por todos, como ser el Arroz con Leche.
El último de nuestros huéspedes estables fue el señor Weber, el obstetra alemán que el señor Leiva mandó a traer especialmente desde Berlín para cuidar a su mujer y al niño en camino.
El resto fueron pasajeros ocasionales, por lo general parejitas jóvenes de la Capital que usarían nuestro hotel para hacer sus cosas a escondidas de los padres, o parejas mayores que harían lo propio a espaldas de sus cónyuges. En una ocasión albergamos por quince días al elenco y a los técnicos de una película de la que algunas escenas se filmaban en Adrogué, y si disponemos ahora de algún dinero para salir del paso tras la desgracia es por aquella visita masiva.
Acerca del personal no tengo demasiado que decir. Las mucamas y cocineras casi no cuentan: las elegimos ante todo por su discreción, y según parece ese fue otro de los aciertos de Victoria. Nuestra hija Eugenia –sin nada que hacer porque no tenía hijos- nos ayudaba en la recepción cuando yo tenía que atender otros asuntos, o reemplazaba a la señorita Aydeé en el cuidado de las niñas Leiva cuando ella, según decía, tomaba clases en el conservatorio. Eugenia y mi yerno también se mudaron al hotel y él –para que no fuera del todo evidente que los manteníamos- debió ocuparse, bajo nuestra supervisión, del jardín y de la pileta que con excelente criterio Victoria hizo construir -nuestros huéspedes siempre agradecieron tener dónde refrescarse en los días de calor. De todo lo demás se encargaba ella misma.
Todo ocurrió a inicios del verano. Victoria había consultado con los huéspedes estables si pasarían las fiestas en el hotel, y como todos respondieron que sí, nos dispusimos a organizar las cenas de Navidad y Año Nuevo. Conseguí un pino enorme que mi yerno plantó junto a la pileta, y mi hija –que es habilidosa con todo lo que es manual- pintó piñas de dorado y las sostuvo al árbol con anchas cintas rojas. Victoria dispuso menúes que las cocineras prepararon durante semanas, y encargó largas listas de dulces y champagne francés para el momento del brindis. Ella misma hizo el pan dulce, con una receta que, de chica, le había enseñando mi difunta suegra.
El 24 de diciembre al mediodía el señor Sosa recibió la visita de su hijo y de sus nietos, dos hermosos varones de los que decía que eran –como lo serían para cualquiera en su lugar- su orgullo. Los niños le entregaron un paquete y le hicieron prometer que no lo abriría antes de medianoche. Cuando se fueron el señor Sosa se retiró a dormir la siesta, y esa noche vistió una corbata rosada que, según contó, era lo que le habían regalado los niños.
Por la tarde el señor Leiva llevó a las mellicitas al sanatorio a visitar a su madre, y las niñas volvieron llorando, ya que siempre la extrañaban mucho. Victoria, que se desvivía por ellas, mandó a Eugenia a comprar una muñeca para regalarle a cada una. El señor Leiva también le había encargado los regalos a ella, ya que la señorita Aydeé había estado muy ocupada, según decía, con sus estudios.
Esa tarde las niñas hablaron desde el teléfono de la recepción con la abuela que vivía en Mendoza, y antes de que cortaran Victoria tomó el auricular y felicitó a la señora por las hermosas, dulces y educadísimas nietas que tenía. El señor Weber también recibió llamados, pero como habló todo el tiempo en alemán nunca supimos de quiénes eran. A la señorita Aydeé no la llamó nadie.
Como las niñas tenían sueño la cena comenzó temprano, cuando todavía no eran las nueve. Fue una noche cálida pero agradable, y el olor de los jazmines en flor enmarca todo en mi recuerdo. Las decisiones de Victoria acerca del menú despertaron justificados elogios, y hasta las niñas Leiva –siempre inapetentes- comieron con gusto. El señor Leiva y el señor Sosa, sentados uno junto al otro, conversaron como de costumbre acerca de la economía del país; el doctor Weber se limitó a escucharlos –aunque no estoy seguro de que comprendiera del todo lo que decían. Las mellicitas se ubicaron a los lados de Eugenia, lo que ponía en evidencia que si ella no tenía hijos no era sólo por falta de predisposición de su parte; mi yerno se mantenía en silencio a un costado, y más de una vez se levantó de la mesa. La señorita Aydeé bajó para el momento del brindis porque, según se excusó, se sentía algo descompuesta. Pero extrañamente, cuando se sumó a los festejos, se veía jovial.
Ni siquiera habían pasado las once cuando mi mujer propuso el brindis y que luego abriéramos los regalos. Mi hija, que se había mostrado contrariada durante toda la cena, hizo un gesto de oposición, como si de pronto le importaran las formalidades, pero Victoria le devolvió una mirada severa y le indicó con un movimiento de cabeza a las pobres niñas Leiva, que estaban por quedarse dormidas de un momento a otro.
Me arrepiento de no haberle contado a Victoria esa noche lo que escuché cuando me acerqué a la habitación de la señorita Aydeé para avisarle que estábamos por brindar –y hasta el día de hoy no le he dicho nada. Cuando llamé a la puerta se hizo silencio, y poco después todos ya estábamos en el parque.
Victoria propuso un brindis por la salud de la señora Leiva, y las niñas –siempre tan educadas- levantaron sus copas de jugo. Nadie agregó nada más. Apenas habíamos bebido cuando Victoria fingió sorpresa y dijo a las niñas que había creído ver algo debajo del pino: las niñas se apuraron para encontrar los regalos que mi mujer, en un hermoso gesto, había dejado allí para ellas. Estaban las muñecas que les compramos nosotros y los libros de parte de su padre, pero una de la niñas –nunca logré distinguirlas- encontró algo más.
La señorita Aydeé se sonrojó al ver que el paquete tenía su nombre, y al evocar el momento en que en lugar de abrirlo lo guardó en un bolsillo de su pollera, vuelve a mí toda la incomodidad de ese momento. Aunque la mirábamos con ansiedad, ella no dio explicaciones, sino que tomó un bol con garrapiñada y se dispuso a comer. La siguió mi yerno, que sin esperar a que Victoria cortara el turrón lo rompió con la mano.
Las niñas jugaron un rato con sus regalos, pero la sobremesa no se extendió mucho, porque recuerdo haber saludado por Navidad a Victoria ya en la cocina: eran las doce y nosotros dos levantábamos la mesa. Los huéspedes ya se habían retirado a sus habitaciones, ni mi hija ni mi yerno se habían ofrecido a ayudarnos, y Victoria había tenido la deferencia de dar franco a las mucamas.
Los alaridos nos despertaron cerca de las ocho. Las mellicitas estaban ahí desde antes, pero en lugar de llamar a su padre o a nosotros se habían sentado al borde de la pileta –los pies descalzos en el agua- a mirar. Una de ellas tenía en sus manos la especie de colador con que mi yerno sacaba las hojas del agua, y con él mantenía alejado el cuerpo de la señorita Aydeé.
Fue Victoria quien llamó a la policía, porque el resto de nosotros no podía dejar de mirar, y al pensar en esta escena todavía escucho las arcadas de mi yerno. Vino el propio comisario, y sólo cuando él ordenó que las niñas se retirasen observé que todavía nadie –ni siquiera Victoria o el señor Leiva- las había hecho sacar los pies de la pileta.
En el rostro de los oficiales se notaba que por la noche ellos también habían festejado y que todo aquello les resultaba un fastidio. Estaban como abombados, transpiraban y a cada momento pedían algo fresco para tomar. No tardaron en concluir que se trataba de un suicidio –para lo que se basaron fundamentalmente en que nadie había escuchado nada- y cuando Victoria mencionó el inesperado regalo que la señorita había recibido durante la noche no le prestaron atención. La policía se llevó el cuerpo, y cuando pregunté qué debíamos hacer con sus cosas nos ordenaron poner todo en una caja que más tarde, dijeron, pasarían a buscar.
Aquel gesto de desidia nos dio, a Victoria y a mí, la ocasión de actuar. No aceptamos la ayuda de nadie –ni siquiera la de mi hija y mi yerno, que esta vez sí se habían ofrecido. Cerramos la puerta con llave y juntos revisamos todas las pertenencias de la señorita Aydeé en busca del regalo recibido en la noche. No lo encontramos, pero sí había algunas sorpresas. La ropa de la señorita Aydeé entró bien en la valija con la que había llegado unos meses atrás, y también pusimos allí el único libro que tenía, aquel con el que la habíamos visto entrar y salir hacia el Conservatorio. Como estaba forrado con un papel cuadrillé, sólo al abrirlo comprendimos que se trataba de una novela romántica. El documento con dirección en Capital Federal, el folleto de nuestro hotel con un corazón dibujado en el margen y la foto del niño en el que Victoria descifró los rasgos de mi yerno los guardó ella misma en el bolsillo de su vestido.
Nos propusimos hablar lo menos posible con mi hija y con él, lo cual resultó sencillo. El señor Leiva pasó los días siguientes muy apegado a las mellicitas para, según dijo, contenerlas, aunque en verdad las niñas no parecían muy afectadas; el doctor Weber los acompañaba todo el tiempo. En esos días el señor Sosa apenas salió de su habitación, y cuando lo hizo salió pronto a la calle, como si todos nosotros le provocáramos miedo. Mi hija se mantuvo serena pero como contrariada, y mi yerno aprovechó su descompostura para pasar las horas frente al televisor de la sala de estar.
Las mucamas estaban aterradas, y hasta escuché decir a una que había sentido algo frío a sus espaldas y que estaba segura de que se trataba del fantasma de la mujer muerta. Más que nada para evitar el bullicio general, mi mujer las puso a trabajar a todas en la cena de Año Nuevo, y cuando Eugenia se sorprendió que su madre pretendiera festejar de todas formas, Victoria le contestó con un grito que el año comenzaría más allá del mal ánimo que cualquiera de nosotros pudiese tener. Yo creo ella calculaba que aquella distracción general nos daría tiempo a nosotros de pensar qué hacer.
Pero no lo hubo: el 31 de diciembre Victoria –provisoriamente a cargo del cuidado de las mellicitas Leiva en reemplazo de la señorita Aydeé- las vistió para los festejos de la noche, y luego me llevó a nuestra habitación para contarme que las niñas le habían dicho que habían visto todo. Por primera vez en nuestra vida noté a mi mujer desencajada. No lloraba, pero su tono era de desesperación y decía que no sabía qué hacer. Le pregunté si las niñas habían hablado con alguien más, pero le habían asegurado que sólo con ella.
Esa noche los festejos se adelantaron aún más que en Navidad, para que las niñas no tuvieran ocasión de esta a solas con su padre. Durante la cena Victoria ordenó a Eugenia y a mi yerno ocuparse de la comida, mientras ella se sentaba entre las mellicitas y las tomaba todo el tiempo de la mano. Yo me ubiqué junto a los señores Leiva, Sosa y Weber, y me encargué de darles conversación y servirles vino durante toda la noche. Esta vez el señor Sosa propuso un brindis por la memoria de la señorita Aydeé, y yo, que al levantar mi copa miré a Victoria, supe que habíamos encontrado una solución.
Por la mañana fue el señor Weber quien encontró a las mellicitas muertas en la pileta, y entre todo su griterío en alemán apenas se entendía la palabra “Leiva”. Sus cuerpos eran aún más fantasmales que los de la señorita Aydeé: camisones blancos y cabellos sueltos se abultaban al flotar alrededor de las niñas como un aura.
La policía, ora vez contrariada de que semejantes sucesos hubieran ocurrido precisamente en esa fecha, admitió una vez más la explicación más sencilla. Porque era poco probable la hipótesis del suicidio -aunque mi yerno, con su natural torpeza, llegó a sugerirla- los oficiales debieron requisar todas las habitaciones y, como Victoria tuvo el tino de mencionar el brindis del señor Sosa, comenzaron por la de él.
La búsqueda concluyó pronto: en uno de los cajones de la mesita de luz del señor Sosa apareció el documento de la señorita Aydeé y, dentro de él, el folleto de nuestro hotel. La policía nos había reunido a todos en la sala de estar, donde vimos cómo al señor Sosa se le hacía difícil explicar qué hacían esas cosas allí, y fue entonces que Victoria y yo llevamos aparte al comisario y le relatamos la misteriosa forma en que la señorita Aydeé había llegado al hotel, y cómo el Señor Sosa se había hospedado con nosotros luego de que su esposa lo echara de su casa a causa de un escándalo amoroso.
Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, en ese momento se acercó mi hija. Traía en la mano el envoltorio del regalo que la señorita Aydeé había recibido para la Navidad, y dijo que las mellicitas se lo habían dado por la noche, luego de decir que lo habían encontrado entre las plantas junto a la ventana del señor Sosa, que él se había asomado al escucharlas y que las había echado bajo la amenaza de hablar con su padre. El señor Sosa negaba con la cabeza, mientras el comisario desenvolvía el pequeño estuche de terciopelo.
Aunque no quedaron dudas acerca de que el señor Sosa había asesinado a la señorita Aydeé a causa de los celos por el amante secreto que le había enviado una joya, de que la señorita Aydeé era la protagonista del escándalo por el que la mujer lo había echado de la casa y de que ella misma se había hospedado en el hotel para estar cerca de aquel hombre; aunque es evidente que el señor Sosa mató a las mellicitas para ocultar aquel crimen, y aunque el señor Sosa esté preso para siempre, ya nadie quiere hospedarse en nuestro hotel, como si el problema fuésemos nosotros.
El señor Leiva, que retiró por sí mismo los cadáveres de la pileta e intentó junto con el doctor reanimar a las niñas, partió, desconsolado, y no volvimos a saber de él ni de su esposa –tampoco del médico, que en esos días habrá volado de regreso a Alemania. En nuestro hotel ya no hubo huéspedes estables, pero tampoco llegó gente a hospedarse de forma eventual, y hace dos meses que estamos nosotros solos, porque hasta las mucamas nos abandonaron.
Nuestra única alegría es el nieto por llegar: Eugenia nos anunció hace unos días que está embarazada. Mi yerno ya no es el que era: pasó de la indiferencia a llevar siempre un gesto sombrío, pero a la vez se volvió atento a mi hija y también a nosotros. La mañana del primero de enero, cuando Eugenia se acercó a la policía con el envoltorio del regalo que él, su propio marido, le había hecho a la señorita Aydeé, habrá comprendido lo que nosotros intuimos al revisar aquel cuarto y lo que a Victoria le revelaron las mellicitas Leiva. Quizás mi yerno piense que también fue mi hija la que mató a las niñas, y es mejor así: si le teme no será capaz de dejarla.
En cuanto a Victoria y a mí, parece poco probable que el hotel vuelva a funcionar o que podamos vender el predio que, según se dice en el barrio, se ha poblado de fantasmas. Mientras contamos el dinero que nos resta, buscamos empleo. Mi hija, que también cambió y está más cariñosa, ha prometido que tendrá un hijo para cada una de las habitaciones del hotel vacío, y al decirlo sonríe; su marido no sonríe pero asiente, porque en el cuello de Eugenia brilla la medalla de oro en forma de corazón que en la noche de Navidad nuestra hija le robó a la señorita Aydeé antes de matarla.
La certeza de Alberto Rodríguez Vargas
I.
No tengo idea de hacia dónde voy. Llevo traje negro como de luto y supongo que si lo llevo es por algo, no porque sea la moda ni nada sino porque, por ejemplo, vengo de un velatorio aunque no sepa en realidad quién podría ser el muerto. Mis zapatos están limpios de modo que la ceremonia se ha realizado en la ciudad, y no en un parque sino en una de esas casas que quedan por la Avenida Córdoba; es probable que no haya asistido al entierro.
Sé a dónde me lleva este tren porque mi boleto dice “Belgrano”, o mejor dicho, a dónde me hubiera llevado, ya que después de pasar por esa estación permanezco en mi asiento. En rigor de verdad, es la tercera vez que hago el trayecto Retiro-Tigre y ningún guarda me pidió que descendiera, quizás porque mi vestimenta les hace pensar que no soy un vagabundo y que merezco respeto. Así es que no tengo idea de hacia dónde voy.
De mí, sé apenas qué ropa llevo y dónde me encuentro, pero sería incapaz de decir mi nombre, a qué me dedico, si tengo un hogar, mujer, hijos, o si no tengo nada. Hace unas tres horas, una mujer me tocó el hombro para avisarme que habíamos llegado a la terminal, y fue como si hubiera nacido en ese instante: un momento sin pasado y un rostro que apenas se distingue en el reflejo de la sucia ventanilla del tren. Aunque mentiría si omitiese el horrible dolor de cabeza. Supongo que fue así como perdí la memoria: tal vez a causa de un golpe seco, como en películas cuya trama he olvidado pero estoy seguro de que contienen escenas semejantes. He hurgado en mis bolsillos sin hallar documentos o tarjetas personales, aunque sí he dado con algo que complica aún más mi situación, y que permanece en el bolsillo derecho de mi saco: una navaja envuelta en un pañuelo teñido de sangre.
Cuando lo extraje para examinarlo –recién entonces supe lo que era, de haberlo previsto hubiese esperado estar solo- la mujer que estaba junto a mí reparó en él y se incorporó de inmediato. Temí que fuera en busca del guarda o que pidiera auxilio, pero en cambio se bajó en cuanto el tren se detuvo y, para mi suerte, en la huida olvidó su cartera en el asiento. Ahora soy un hombre vestido de negro que lleva una cartera de mujer.
Bajo en Vicente López, el controlador se encuentra ocupado con un joven mal vestido que hace como si buscara su boleto así que sigo de largo sin que nadie me pregunte nada. Ya fuera de la estación, me siento en el café Petit Louis y reviso con discreción el contenido del bolso. Llaves, un portacosméticos, una billetera, un espejo, un anotador, dos biromes, un pañuelo, un paquete de caramelos de miel. Al abrir el espejo, no puedo reconocer mis rasgos ahora nítidos, la cara de ese hombre que me mira sin saber quién es. Tengo ojos claros y demasiadas arrugas–en la ventanilla del tren no lo había notado. Me hubiese gustado ser más joven.
Ahora compruebo que en la billetera hay dinero, no mucho pero no tendría con qué pagar mi merienda de no contar con esta suerte. También hay fotos de tres niños –dos varones y una mujer- y una cédula de identidad que corresponde a una tal Eloisa Paredes cuyo rostro es el de la mujer del tren. Al fin, encuentro un boleto a Beccar, y a Beccar corresponde el domicilio que figura en el documento.
Cuando el mozo se retira luego de haber depositado mi pedido en la mesa, continúo con el portacosméticos que, además de un lápiz labial, un polvo para la cara y una crema para las manos, contiene varios pastilleros llenos de píldoras de distintos colores. Imagino que Eloísa las toma en forma regular, alternándolas durante el día.
Por último, reviso el anotador. Lo apoyo sobre la mesa -no hay nada de extraño en que un hombre tenga un anotador- y hago pasar las hojas. En la primera, algo corrobora mi hipótesis acerca de las pastillas: en un cuadro de doble entrada, Eloísa ha indicado con cruces a qué hora del día debe tomar cada medicamento. En la hoja siguiente encuentro una serie de esos garabatos que se hacen sin pensar al hablar por teléfono, aunque en un ángulo se lee con claridad “Doctor Castro, Paroissien 2686, Nuñez”. Luego, cosas sin importancia: una lista de útiles escolares, la receta de un pan de nuez, un garabato no como el anterior sino de seguro realizado por un niño -pobre intento de entretener a uno de los hijos en la sala de espera del doctor Castro-, la receta de un flan de coco y otra titulada “Torta Huespi”.
De pronto reparo en que algo hacia el final separa las hojas: un sobre en cuyo dorso se lee, una vez más, “Dr. Castro”. Cuando estoy por abrirlo, noto que el encargado me mira: pensará que soy un carterista. De modo que guardo las cosas y me dispongo a comer. Desde que desperté todos parecen sospechar de mí: este hombre me cree ladrón; Eloísa se asustó al ver la navaja que ni yo mismo sé por qué llevaba en mi bolsillo. Tomo mi merienda con aparente tranquilidad: que mi nerviosismo no refuerce las sospechas del encargado –si algo no necesito es que un policía quiera ver mis documentos. Cuando el mozo se acerca a cobrar, aprovecho para decirle que todo estuvo delicioso, que por primera vez como algo desde la reciente muerte de mi mujer –y mientras lo digo doy una palmadita a la cartera.
Una calle me aleja de la estación. Evalúo qué hacer, a dónde ir. Si no llevara conmigo el cuchillo ensangrentado podría presentarme en una comisaría y plantear mi problema, pero no sólo lo llevo sino que si está allí es por algún motivo. Lamento no tener a quién llamar, cualquier pariente lejano prestaría ayuda a alguien en mi situación. En una esquina, un matrimonio mayor avanza con lentitud; pienso que mis padres –si es que viven- deben ser así de viejos.
Antes de llegar a la Avenida Maipú descubro dos cosas: la primera es que este barrio me resulta familiar; pero la segunda es más importante: en la vidriera de un kiosko, se me ofrece una identidad. Adherido con cinta al vidrio, abierto hacia mí, ajado –como rescatado de un charco de agua- un DNI con la fotografía lo bastante borrosa como para que cualquiera –cualquier hombre de unos cincuenta años- pueda ser su dueño. Entro. Ahora mi nombre es Alberto Rodríguez Vargas.
II.
Llevo traje negro como de luto, y supongo que lo llevo no porque sea la moda sino porque vengo, por ejemplo, de un velatorio, aunque en verdad no sepa quién podría ser el muerto. Llevo, además, una cartera de mujer, pero ignoro a qué mujer pertenece.
Sé que me encuentro en Plaza Constitución porque fue eso lo que el chofer gritó varias veces para despertarme. Cuando abrí los ojos me mantuve quieto un instante, como si necesitara reconstruir algún recuerdo, las circunstancias por las que abordé ese colectivo, hacia dónde me dirigía, algo. Pero el chofer se acercó y amenazó con empujarme si no bajaba de una vez, de modo que bajé enseguida. Lamento no haber visto siquiera de qué línea se trataba; ahora tampoco podré saber de dónde vine.
De mí, sé apenas qué ropa llevo y dónde me encuentro, pero sería incapaz de decir quién soy. Ignoro, además, hacia dónde me dirigía, y eso resulta penoso en este lugar en que hay subterráneos y colectivos que me invitan a ir hacia el Centro, colectivos y trenes que me llevarían a cualquier parte de la provincia, trenes en los que podría llegar a casi cualquier lugar del interior. Pero lo cierto es que hace muchísimo frío, mi traje no es abrigado y no siento deseos de viajar. Por eso no dudo cuando veo el cartel que dice “Hotel Familiar La Cordobesa”.
Me recibe la cordobesa en persona y –antes que en mí- se fija en la cartera de mujer. Tal vez por eso su rostro muestra desconfianza: pensará que soy un ladrón, pero en lugar de acusarme pregunta si vengo solo. Le digo que sí, que tengo a mi hijo internado en la Casa Cuna –de pronto se me ocurrió que la Casa Cuna quedaba cerca de Plaza Constitución- y que mi mujer pasará con él la noche, pero que yo, por un problema en la columna, necesito descansar en una cama. Su gesto ahora es otro, y me asegura que va a darme la mejor pieza para que pueda dormir bien. Se lo agradezco. De todas maneras su compasión no alcanza para hacerle evitar el detalle de que debo pagar por adelantado, y entonces me pregunto si llevo dinero.
Llevo, y lo encuentro pronto. Apenas tanteo mis bolsillos toco un sobre, y por instinto lo abro con la certeza de que allí estará mi salvación: suficiente para alquilar todas las habitaciones del hotel durante una semana. Pago. Ahora que vio tantos billetes la cordobesa parece apreciarme aún más, y mientras me acompaña al cuarto dice que su hermana es curandera, que cura todo lo que los médicos no pueden, que va a llamarla para que me vea por la mañana, de seguro me va a poder ayudar.
Antes de cerrar la puerta le agradezco sus atenciones y le ofrezco una propina. Ella finge un ademán de rechazo pero acepta pronto; dice que hice bien en ir a su hotel, que hay otros que son más caros pero no por eso más lindos, y que en ningún lugar me van a tratar mejor. Ya en mi cuarto, sin embargo, y ahora que sé que cuento con bastante dinero, pienso que debí haberme alojado en otra parte. Nadie diría que la pintura de las paredes puede llegar a deteriorarse tanto ni tampoco nadie podría decir cuál era el color original. La cama parece un catre, salvo porque tiene un colchón de no más de tres dedos de altura, apoyado en un elástico de metal que se hunde en el centro. Además de la cama hay una silla y una mesa, y sobre la mesa un vaso de vidrio. Un perchero de pared reemplaza posibles armarios, y la única puerta lleva a un bañito con letrina y un lavatorio; sobre el lavatorio, un espejo.
No me reconozco en los rasgos de ese hombre morocho y de ojos claros cuyas arrugas lamento vagamente. Me llevo la mano al mentón como si necesitara de eso para corroborar que la imagen me corresponde y, como si tocarme el rostro me hubiera devuelto las sensaciones, reparo en que desde que desperté me duele la cabeza. Ahora me llevo la mano a la frente, y pienso que debe haber sido un fuerte golpe lo que me quitó la memoria. Me pregunto si algo podrá hacerla regresar.
Aún desde el baño veo la cartera que apoyé en la cama al entrar al cuarto, pero en lugar de dirigirme hacia ella tanteo mis bolsillos. En uno de los del saco encuentro algo que me tranquiliza: mi documento indica que soy Alberto Rodríguez Vargas, que tengo cincuenta y dos años y que mi cumpleaños coincide con la Navidad; mi rostro está borroneado, como si una taza de té se hubiese volcado sobre él para ocultármelo. Pero la tranquilidad se disipa: tampoco puede leerse mi domicilio. Busco en el otro bolsillo, quizás algún objeto me oriente para volver a casa. Pero no. En cambio encuentro algo que, por fin, me produce una sensación parecida al vértigo: un pañuelo teñido de sangre y, dentro de él, una navaja.
Camino hacia la cama y me dejo caer. Soy Alberto Rodríguez Vargas, tengo cincuenta y dos años y he matado o cuanto menos herido a alguien, probablemente a una mujer a la que además le he quitado la cartera. La cordobesa había hecho bien en desconfiar: podría robarle o lastimarla también a ella.
Vuelco sobre la cama el contenido de la cartera: una billetera, un portacosméticos, llaves, un espejo, un pañuelo, un paquete de caramelos de miel, un anotador, dos biromes. En un impulso me llevo un caramelo a la boca, aunque otras sensaciones son ahora más importantes que el hambre. Aparto las llaves, el espejo, las biromes y me detengo en la billetera. Mi víctima se llama Eloísa Paredes y, a juzgar por las fotos, es la madre de tres niños -dos varones y una mujer. Dinero hay poco, y un boleto de tren a Beccar, el barrio de su domicilio según su documento.
Eloísa Paredes estaba enferma, al menos eso se deduce de la variedad de píldoras que tomaba en los horarios indicados en su anotador y que guardaba, dentro del portacosméticos, dispuestas en cuatro pastilleros. Imagino que utilizaba el maquillaje para ocultar la palidez y que el doctor Castro -cuyo nombre aparece entre garabatos en una hoja de la libreta y en el dorso del sobre en que encontré el dinero- era quien trataba su enfermedad.
¿Por qué matar a una mujer enferma? No lo sé, pero la mirada de los niños en la foto hace nacer el sentimiento de culpa, que no había surgido aún a causa de que no termino de creer en esta historia. Y junto con el remordimiento llega la certeza de ser buscado por la policía. Alguien habrá hecho la denuncia, tal vez el marido, aunque tal vez yo mismo sea el marido de Eloisa Paredes y sea también el padre de los niños a quienes, de alguna forma, he dejado huérfanos: muerta la madre, el padre escondido para no ir a la cárcel, o ya en la cárcel, y en cualquier caso sin memoria para explicarles lo que pasó.
Por un momento considero la posibilidad de deshacerme de estos objetos que me incriminan, pero luego pienso que son lo único que me liga al pasado y que no puedo darme el lujo de perderlos. Así es que en uno de los bolsillos del pantalón guardo la billetera –en la que a su vez guardé mi documento-, en otro el anotador, y en uno de los del saco queda el dinero, los pastilleros y las llaves. En el otro, el cuchillo. Y las biromes, el pañuelo, el portacosméticos, la crema y el maquillaje, ocultos en la cartera debajo de la cama –la cordobesa nunca preguntó mi nombre y no creo que la mucama de un lugar así, tal vez la cordobesa misma, dude en quedarse con semejante hallazgo. Los caramelos me ayudarán a pasar la noche. Vestido y hambriento, al fin logro quedarme dormido.
III.
Soy un hombre vestido de negro que ha despertado así –vestido de negro, como si llevara luto- en la habitación de un miserable hotel. Soy un hombre enfermo, aunque ignoro si mi enfermedad consiste en esta pérdida de memoria o en algo peor, si es que algo peor existe.
Hace algunos minutos me despertaron unos golpes en la puerta que abrí pronto sin saber si daba a la calle o a dónde para encontrar frente a mí a una mujer gorda, de acento cordobés, que decía visitarme por indicación de su hermana “a causa de lo de la enfermedad”. Permanecí en silencio y ella aclaró que su hermana era la dueña del hotel. Quiso pasar, pero le dije que no me sentía bien y que por favor regresara más tarde. Me llevé la mano a la frente y argumenté un genuino dolor de cabeza para terminar de convencerla, pero ella, ofendida, dijo que si no había confianza en su métodos no podría hacer nada y que cuando ya fuera tarde no habría nada que hacer.
Cuando me quedé solo, el dolor se acentuó a causa de la angustia de no saber nada de mi, o de saber únicamente que soy un hombre que va de luto como si pronto fuera a asistir a su propio entierro. Fui hacia la cama que más bien parece un catre y recién al dejarme caer noté que en mis bolsillos resonaban algunos objetos.
Comencé por los del saco. En uno encontré cuatro pastilleros que contenían píldoras, pero entonces no supe –ni siquiera me lo pregunté, ansioso como estaba por hallar algo que me dijera algo acerca de mí- para qué los llevaba conmigo. En el mismo bolsillo di con un juego de llaves que no sé qué puertas abrirán y también con un sobre con dinero suficiente para abrir las puertas que quisiera.
El sobre estaba abierto por el costado, y al dorso podía leerse “Doctor Castro”. Durante un rato, supuse que el doctor Castro podía ser yo mismo; también creí comprender que, si yo era médico, de seguro aquellas pastillas estarían destinadas a algún paciente. Toda la tranquilidad que me habían dado los objetos encontrados en ese bolsillo se desvaneció con lo que hallé en el otro: un cuchillo envuelto en un pañuelo teñido de sangre. El doctor Castro, quien ahora hubiera preferido no ser, había matado o cuanto menos herido a alguien. Quizás el dinero era en pago por ese crimen, y me extrañó que un hombre de ciencia hubiese preferido un cuchillo antes que algún tipo de veneno. Me senté en la cama y aquí estoy. Deposito en ella el pañuelo con que he vuelto a envolver la navaja. Pienso que quizás las píldoras podrían ser mortales, y que en ese caso tal vez deba tomarlas.
Pero esos pensamientos se dispersan con otros que nacen cuando reviso los bolsillos del pantalón. En primer lugar descubro que no soy el doctor Castro sino Alberto Rodríguez Vargas –la fotografía del documento no está clara pero a quién más podría pertenecer un documento que llevo en mi billetera. También tengo la cédula de identidad de una mujer que debe ser mi esposa –Eloísa Paredes- en la que figura la dirección de nuestra casa –ilegible en mi DNI- del barrio de Beccar. Algunas fotos me presentan a los que supongo serán nuestros hijos: dos varones y una mujer. No hay documentos que les pertenezcan a ellos; me gustaría saber cómo se llaman.
Antes de seguir revisando mis cosas me incorporo y voy hasta el baño para conocer el rostro que mi DNI no pudo mostrar. Soy morocho, tengo ojos claros y más arrugas de las que hubiera querido. Pienso que Eloisa es bastante más joven que yo y eso me alegra; quizás sea algo viejo para la edad de nuestros hijos, aunque quién sabe de cuándo son las fotos.
De regreso a la cama, se me ocurre que si no soy el doctor Castro quizás él haya sido mi víctima, pero luego la hipótesis es otra, surgida de lo que encuentro en el anotador que estaba en el único bolsillo que quedaba por revisar: Eloisa –sé que fue ella porque el resto de las anotaciones son claramente de mujer: recetas de cocina, listas de útiles escolares- ha dibujado una grilla en la que me indica qué medicamento tomar a qué hora, en un cuadro que tituló “Horarios remedios”; ahora sé que además de ser joven Eloísa es una esposa dedicada. Los colores de su gráfico son los de las píldoras que llevo en los pastilleros, y aunque no sé qué hora es, supongo que debe ser media mañana, y que en ese caso he salteado la pastilla de las ocho y la de las nueve. ¿Se deberá a eso el dolor de cabeza? Voy hasta el baño y lleno de agua el vaso que encontré sobre la mesa para tomar ambas píldoras antes de volver a guardar todo en mis bolsillos. Quiero regresar a casa y pedirle a Eloisa que llame al doctor Castro –he comprendido que se trata de mi médico- para que venga a atenderme.
Antes de salir, me intercepta otra cordobesa. Dice que su hermana está algo ofendida, pero que no me haga problema y que por favor vuelva hoy para pasar la noche. Le digo que sí y al fin gano la calle, donde hace demasiado frío y tal vez sea eso lo que provoca los primeros vómitos. Sostenido de un poste, inclinado sobre él, veo alejarse las piernas de la gente asustada por mis escandalosos espasmos. Cuando me recupero, mantengo la posición durante algunos segundos hasta que puedo volver a erguirme. Las miradas de los transeúntes indican que de seguro me veo muy mal: debo llegar a casa pronto, refugiarme en los cuidados de mi mujer.
Detengo un taxi y le pido al chofer que me lleve a la dirección del barrio de Beccar que vuelvo a leer en la cédula de Eloisa. El hombre me mira por el espejo retrovisor: le sorprenderá mi palidez, o que yo deba mirar un documento para recordar dónde queda mi casa –sabrá que voy a mi casa porque aferro las llaves que encontré en el bolsillo. Sólo respondo con un monosílabo a su comentario acerca del clima: prefiero no hablar durante el viaje y él parece aceptarlo.
Salimos de Plaza Constitución y mi falta de memoria no me impide reconocer la Avenida 9 de Julio y luego la Del Libertador. A pesar del frío bajo la ventanilla porque necesito aire, y el chofer aprovecha un semáforo para cerrar por completo su abrigo y ponerse una gorra, pero por suerte no habla. Cuando le pregunto la hora se limita a responder que son las once y cuarto. Anticipo la pastilla de las once y media y la trago sin agua. El taxista ahora me mira con el temor de que vaya a morirme allí mismo. En mi frente, súbitas perlas de sudor.
Tomo la billetera pero ahora para observar la foto de la mujer que pronto, luego de recibirme, me llevará hasta nuestra cama y le dirá a los niños que no hagan ruido, que su padre no se siente bien. Llamará al doctor Castro para que venga a atenderme con urgencia. Con urgencia. Una puntada en la boca del estómago anuncia nuevos vómitos; le pido al chofer que detenga el auto. Sé que si abandonara el taxi el hombre me dejaría aquí, de manera que permanezco sentado, el cuerpo asomado hacia la calle, los pies sobre el asfalto. Pero el vómito no surge. Unos niños que juegan en la calle miran extrañados al hombre vestido de negro que los mira con ojos que apenas pueden ver.
El chofer ahora parece atemorizado y conduce tan rápido como si llevara a una parturienta al sanatorio. No es un mal hombre, pudo haberme empujado fuera del coche y no lo hizo, habrá considerado hacerlo pero su conciencia le habrá dicho que no. En un momento me pregunta si prefiero que me lleve a algún hospital cercano, dice que todavía falta demasiado para llegar a Beccar. No respondo enseguida: debo ahorrar aliento. Antes de hablar busco el anotador en uno de los bolsillos de mi pantalón y le indico la dirección del doctor Castro. Le aclaro que se trata del consultorio particular de mi médico. No se alegra, dice que Núñez tampoco está cerca.
Es cierto: hasta la casa del doctor Castro falta una eternidad en la que se suceden puntadas en la cabeza y en el estómago, escalofríos y náuseas. Cuando ya falta poco para llegar, el chofer, en tono resignado -buen hombre más allá de su deseo- dice que bajará conmigo y me acompañará hasta la puerta. Me niego: de pronto la vergüenza de que él comprenda todo, de que me escuche llorar al decirle a mi médico que no recuerdo nada y que siento que voy a morir, puede más que mi necesidad de ayuda.
Por fortuna, el hombre accede a dejarme en la esquina del consultorio. Acepta la abundante propina que le ofrezco, vuelve a preguntar si estoy seguro y al fin se aleja. Sentado un momento en el cordón de la vereda, el aire frío esta vez me reconforta. Cuando logro incorporarme, recupero un paso relativamente firme y aunque camino despacio no debo sostenerme de nada.
Ya a pocos metros del consultorio, veo salir de allí a una mujer. Da unos pasos en mi dirección mientras se pone unos guantes y se mira las manos. Sólo la reconozco cuando levanta la cabeza para anudar el pañuelo que lleva al cuello. También ella me ve. Aguardo espontáneas manifestaciones de alegría pero en cambio hay un momento de vacilación. Me pregunto qué hará mi mujer en casa de mi médico. ¿Ha ido a verlo para preguntarle si sabe algo acerca de mi? No. Sé que no porque no corre a mis brazos como una esposa afligida luego de haber buscado a su marido con desesperación. En cambio, permanece inmóvil un instante, el rostro desfigurado por el repentino llanto. Luego retrocede con lentitud, sin dejar de mirarme como si temiera que fuese a apuñalarla por la espalda. ¿Por qué apuñalaría a mi propia mujer que, preocupada, ha salido a buscarme? Quizás porque no es por mí que fue a aquella casa; quizás, porque sus lágrimas lloran por otro hombre -su amante ahora herido o, mejor, muerto-, o por el temor que le causa saber que ella podría tener igual destino. Cuando Eloisa se echa a correr con debilidad –como si la enferma fuese ella -sé que usaré mi último aliento para alcanzarla; luego, el frío en mis dedos al desenvolver la navaja y dejar caer el pañuelo manchado con la sangre que, ahora lo sé, no puede ser de nadie más que del doctor Castro.
DIBUJO | ustedes, hijos de desaparecidos, siempre haciéndose las víctimas
100x200cm. técnica mixta.2010.
